Emilio Harkonnen estaba impaciente.
- "¿Cuándo vamos a llegar? Tenemos demasiado tiempo metidos en esta lata."
![]() |
| CC-BY Sweetie187 @ Flickr |
- "Vamos a la mitad del camino y no podemos ir más rápido sin que llamemos la atención y si capturaran esta nave con todas estas máquinas que nos permiten viajar sin Navegante nos ganaríamos una ejecución. Y ni tu nombre bonito te salvaría de esa, Harkonnen."
La nave parecía un vehículo de superficie, una nave de trabajo que no podría elevarse más alto de la atmósfera. Por dentro era igual, excepto que levantando el tablero de controles había otro más pequeño y lleno de máquinas pensantes, prohibidas después de la Jihad Butleriana.
- "Y además está toda esa especia escondida en los motores. ¿Cómo les explicaremos eso?"
- "Si . . . ¿cómo les explicaríamos esa?" – Emilio dio un golpe al tablero y Camelia casi se ríe cuando vio que le había dolido. Él se dio la vuelta y fue haciendo pucheros a sentarse a la otra sala. Emilio había pensado que ella no sabía que era un Harkonnen.
Estaba harta de aguantarlo y faltaba todavía un mes más de viaje. Recordó como le había gustado cuando se le acercó en el bar en el puerto espacial donde se conocieron, pero no sabía fingir y de inmediato supo que estaba coqueteando con ella porque algún antiguo contacto le había hablado de sus servicios de “contratista independiente”. Ella le dijo entonces que se ahorrara el teatro y le dijera su asunto - "No eres tan guapo como para no tener que pagar, niño bonito."
El había ofrecido el 10% de las ganancias, lo cual quería decir que no tenía capital y tampoco tenía amigos en los que confiara si la había ido a buscar a ella y casi seguramente había encontrado ese “negocio” por pura suerte. Al final habían acordado el 60%, que después de restar los gastos era un 45% para ella y un trato justo para los dos considerando el riesgo. A él no le había parecido así pero no tenía opción, era eso o nada.
- "No es tan guapo para no tener que pagar pero es un poco guapo después de todo."
Camelia era una buscadora de soluciones, por eso se le daba tan bien el contrabando. Fue a la habitación donde estaba Emilio y se acostó con él.
Tuvieron sexo casi todo el resto del viaje y al final se hicieron buenos amigos. Él le contó de su familia y de las intrigas y de cómo a él siempre le dejaban fuera de ellas. Ella le platicó de su planeta natal, de cuando equipo su primera nave y de cómo en su familia no les gustaba mucho la religión. Incluso le mostró su hobby preferido, un pedazo de metal de más de 20,000 años que lanzaba proyectiles y que ella había reparado para entretenerse tirando al blanco durante las largas esperas en medio de la nada que a veces tienen que hacer los contrabandistas.
Emilio le decía a veces que terminado el viaje la llevaría a conocer el mundo que ella quisiera. Camelia pensaba para sí que la nave era suya y que no necesitaba que la llevaran a ningún lado pero le empezaba a gustar oírlo, a pesar de su buen sentido común.
![]() |
| CC-BY Sweetie187 @ Flickr |
Finalmente llegaron al planeta Idhun donde se haría el intercambio. Venía la parte más riesgosa: aterrizar sin ser detectados y fingir en el puerto espacial venir del otro lado del planeta a realizar tareas rutinarias.
Aterrizaron sin problemas y con la autoridad portuaria no habría inconvenientes, los papeles estaban listos y eran bastante más legales que muchas de las otras naves y antes de llegar, Camelia se había encargado de ponerle un somnífero en la bebida de la mañana, no fuera a echarlos de cabeza el pobrecillo.
El Agente le pidió sus papeles.
- "Uhm, una Ixiana. ¿Técnico?"
- "Así es oficial. Reportándome a reparar los ductos de una base en el sector 8."
- "Ya, ojalá la deje bien señorita dicen que es por la mala ventilación que la gente apesta."
- "Haré lo que pueda, pero si el problema es la higiene de la gente, eso no puedo arreglarlo" – y le sonrió al agente.
- "Y este ¿quién es?"
- "Es mi ayudante, ¿Quiere que lo despierte?"
El Agente se acercó comparando el documento de identidad contra el sujeto babeante sentado en la silla del copiloto.
- "No se moleste. ¿Algo de que declarar?"
- "Bueno, tengo que confesarle algo, llevamos un pequeño cargamento de fruta de la pasión. No de la imitación inocua que venden en los mercados, me refiero a verdadera fruta de la pasión. La encontramos en un claro en el sector 43 y no pudimos evitar traerla con nosotros, está en el refrigerador. Supongo que tendremos que destruirla antes de ingresar."
- "Mmmm. Oiga ¿de verdad funciona como dicen?"
- "Uuuuy, no tiene idea oficial. ¿Por qué cree que mi ayudante creyó que podía tomarse dos botellas de Vodka Burlevsky sin que le hicieran efecto? Es una pena ¿sabe? Esa plantita tardó 58 o 59 años en alcanzar la madurez y va a terminar en la basura."
- "Sabe qué, le propongo algo, yo puedo hablar con mi gente. Si nos da la mitad de la fruta pasaremos la nave sin prender el escáner y le ponemos el sello y ya está, ¿Qué dice?"
- "Me parece perfecto oficial, es un trato."
Todo había salido de acuerdo a lo planeado. La fruta de la pasión había costado mucho pero la habían pagado con especia así que no había perdido dinero. Ahora que los agentes portuarios se habían dejado sobornar podría probar un poco.
Emilio se despertó malhumorado pero cuando vio que estaban ya dentro se animó y llamó a sus contactos. En un taller sin nombre al final de un callejón oscuro entregaron el cargamento y se los pagaron.
Cuando se quedan solos Emilio le dice a Camelia que con ese dinero puede tener la vida que ella quiera. Le pide que le lleve cerca de Kaitan dónde él finalmente podrá comprar la mano de una Corrino y cambiar su destino.
Se oyeron siete detonaciones. Cuando apareció el cuerpo de Emilio Harkonen en la mañana los investigadores estaban confundidos con los extraños casquillos que encontraron alrededor. Y del dinero y Camelia, ya jamás se supo nada.


No hay comentarios:
Publicar un comentario