A Ana era común verla los fines de semana, medio desnuda, con pintura, tierra y yeso pegados al cuerpo, realizando lentos movimientos, mientras una cinta con una grabación del sonido de la lluvia sonaba una y otra vez. De repente soltaba un grito o fingía un desmayo.
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| CC-BY Dee Ashlee @ Flickr. |
A los pocos minutos se levantaba, y se metía a la regadera. Salía y todo volvía a ser normal, caminaba como persona normal, hablaba como persona normal . . . bueno . . . salvo por su costumbre de llamar psicópatas al resto de la gente normal, y psicópatas de alto nivel a los ejecutivos de las multinacionales que veía en el centro, cuando iba a una la cafetería que estaba a más de una hora y media de la playa, pero donde había muerto de un ataque cardíaco (y no de sobredosis) cierto oscuro y brevemente conocido cantante de alguna subcultura punk muy específica.
A él estos performancÉS (como les llamaba Ana) le resultaban incompresibles, pero por eso mismo Ana le atraía mucho. Nunca había querido descubrir esas incógnitas, no quería saber la interpretación que ella les daba. Y Ana nunca se preocupó por explicarle lo que esas abstracciones significaban, aunque le molestaba un poco que nunca le preguntara.
La verdad es que Ana tenía pavor a ser común. Por ello "actuaba", por eso se definía como "artista" por ello toda esa plasta de pintura en su cuerpo y gritos y música conceptual cuando la mayor parte del tiempo no tenía nada que expresar. Solo había aprendido el arte de aparentar muy pronto en la vida y había escogido ser un foco de atención, porque le gustaba mucho la atención.

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