viernes, 8 de febrero de 2013

I. Otoño (7/02/13)

Print no. "10078", photomechanical print : photochrom, color, Library of Congress, Prints and Photographs Division
From The Library of Congress Gallery on Flickr, The Commons.
Kor estaba muy asustada. Nada en sus 12 años de vida la habían preparado para el terror que sentía. Podía oír a los lobos moviéndose por el bosque. Se encogió contra el tronco de un árbol, apretó los puños y trató de no temblar tanto para no hacer ruido. Cerró los ojos y trató de imaginarse en un lugar seguro, pero la única imagen que vino fue la cara del viejo loco que había pasado en verano por el pueblo, mendigando comida y balbuceando tonterías. 

- Jamás jamás jamás. Si no cruzo el mar los lobos me encontrarán.- había dicho entre risotadas, atragantándose y tosiendo pan y queso,  cuando alguien le ofreció un lugar para dormir. “No son lobos comunes ¿saben? estos devoran tu esencia y la vomitan para atraer a los que amas.”

El sonido de la manada alejándose hizo que abriera los ojos.  Habían encontrado el rastro de otro niño. Lo sabía aunque no quería que fuera verdad. Los lobos lo alcanzarían y después de devorarlo volverían por ella.

- Muévete ahora – Trataba de que sus músculos paralizados respondieran - sólo hazlo – Empezó a correr en dirección opuesta. Trataba de no pensar quien sería la nueva presa.

Corrió lo más rápido que pudo temiendo a cada paso tropezar y no poder pararse. Los árboles estaban cada vez más juntos. No se detuvo hasta que cruzó el río. Se quitó su capa y la cubrió con el barro de la ribera hasta volverse gris. Se ensució el pelo y recogió y metió hojas secas entre la ropa tratando de disfrazar su olor. Si lograba llegar a la casa de su abuela estaría bien, era el lugar más seguro del mundo.

Volvió a ponerse la capa y recordó a su madre y sus instrucciones esa mañana. 

- Debes ir a casa de tu abuela ahora mismo. Los lobos están aquí. Son reales.  

- Mamá ¿Vendrás conmigo?

- No, irás sola. Otros niños saldrán aparte de ti, aléjate de ellos. Escúchame bien: no todos van a llegar, en especial los últimos. ¡Debes irte ya! –  y  le dio la capa.  Su madre no la besó, no la abrazó, solo se dio la vuelta. Nunca mostraba cariño con ella, pero Kor pensó por un momento que ahora que quizás no volverían a verse lo haría, de seguro que lo haría. 

Se sacudió ese pensamiento, no podía dejarlo entrar. Se levantó y buscó en los arboles. Cruzaría el bosque por la parte difícil, su hermano le había enseñado como encontrar los símbolos tallados en los troncos y rocas que le mostrarían la ruta y también las trampas, las rocas afiladas, las grutas y las barrancas. Esperaba recordar sus significados. Era el camino más corto pero también el más peligroso.  No encontraría a nadie más, los otros habrían tomado rutas seguras.

Encontró una señal y empezó a moverse por el bosque siguiendo las direcciones que le marcaban: subiendo en diagonal por una ladera, buscando senderos escondidos, agarrándose de raíces para bajar por paredes de tierra, siempre buscando las siguientes señales y moviéndose en zigzag y sospechaba también retrocediendo largos tramos. En algunos lugares los árboles estaban tan juntos que tenía que treparse en ellos para pasar al otro lado. Tenía miedo de perderse o de que anocheciera antes de salir del bosque y ya no pudiera ver la siguiente señal. ¿Los lobos podrían seguirla por ahí? 

La capa le pesaba y su cuerpo estaba frío. Su abuela le había regalado esa capa, la había comprado y la había teñido ella misma con un tinte rojo rarísimo que venía del otro lado del mundo.

- Ni siquiera los nobles tienen capas semejantes, Kor. 

- ¿Ni siquiera los reyes?

- ¡Mucho menos los reyes! y nunca podrán tener una ahora, use en ella la última botella en esta parte del mundo, corazón. – y se reía, su abuela siempre reía.  

Tenía que encontrarla, ella sabría qué hacer y le curaría sus manos llenas de raspones y podría descansar calientita esa noche. Estuvo a punto de llorar pero temía no poder parar si empezaba así que se tragó su miedo y siguió adelante. 


Cuando la luz del día terminaba los árboles empezaron a ser menos grandes y a crecer más separados. Encontró el camino bien marcado que la llevaría a casa de su abuela. No lo tomó por precaución, caminó escondiéndose entre los árboles a su lado.

Pocos metros antes de llegar la vio.  Su abuela estaba parada frente a la cortina de árboles llevando una lámpara que la iluminaba entre la oscuridad y parecía estarla observando.

Finalmente Kor salió al camino. Lo que más había querido hacer era abrazarla pero no pudo hacerlo. 

- Abuela ¿eres tú?

- Si Kor. Ven, ya estás segura. 

Kor no podía dejar de ver a su abuela. 

- ¿De verdad? Me siguen unos lobos y pueden estar muy cerca. –  Trató de oír si estaban cerca pero no oyó sonido alguno. El bosque estaba en completo silencio, ni siquiera se oían insectos.  

- Abuela ¿Qué le pasa a tus ojos? – le pareció por un momento que eran amarillos. - Parecen muy grandes.

- No lo son, se ven así por esta lámpara que cargo para ver mejor.

Kor avanzó unos pasos más y se detuvo. No sabía que le inquietaba tanto. A veces creía estar viendo algo más en lugar de su abuela.

- Abuela, ¿qué es lo que llevas puesto, es la piel de un animal?

- Me protejo de la noche ¿no lo harías tu también? Ven rápido, no quiero esperar más. Quiero tenerte conmigo.

Antes de encontrarla Kor sólo había querido abrazarla. No podía hacerlo, todo su ser parecía rebelarse.  -  Abuela, sé que me estás hablando pero no veo que tu boca se mueva. No entiendo, ¿qué está pasando?

- Es que estás muy asustada. Ven conmigo, te abrazaré y responderé todas tus preguntas.

Tenía que concentrarse en cada paso que daba. Quería salir corriendo en dirección contraria y no detenerse hasta llegar al mar. A veinte pasos de su abuela finalmente no quiso esperar y preguntó lo que más temía saber y que había estado en su mente todo el día.

- Abuela, ¿Por qué mi mamá no me ama?

La abuela solo se quedó viéndola, sus ojos más grandes y más amarillos que antes, su boca en una mueca extraña. Kor se dio cuenta que no entendía la pregunta. Comprendió entonces: “devoran tu esencia y la vomitan para atraer a los que amas”. Atrás de la casa empezaron a moverse las sombras. Tenían ojos que brillaban.

El instinto hizo correr a Kor aunque sabía que la alcanzarían. Antes de voltearse lo último que vio fue a su abuela lanzándose en cuatro patas, corriendo como un animal tras ella con su boca deformada por la furia. La alcanzarían, seguramente la alcanzarían pero no podía detenerse.

Sintió la mordida, dolor y después calor intenso, gritó aunque no escuchó ningún sonido. Sintió un jaloneo y como su brazo se rompía y desgarraba. No supo nada más.



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