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| From The Library of Congress Gallery on Flickr, The Commons. |
- Jamás jamás jamás. Si no cruzo el mar los lobos me encontrarán.- había dicho entre risotadas, atragantándose y tosiendo pan y queso, cuando alguien le ofreció un lugar para dormir. “No son lobos comunes ¿saben? estos devoran tu esencia y la vomitan para atraer a los que amas.”
El sonido de la manada alejándose
hizo que abriera los ojos. Habían encontrado
el rastro de otro niño. Lo sabía aunque no quería que fuera verdad. Los lobos
lo alcanzarían y después de devorarlo volverían por ella.
- Muévete ahora – Trataba de que sus músculos paralizados respondieran
- sólo hazlo – Empezó a correr en
dirección opuesta. Trataba de no pensar quien sería la nueva presa.
Corrió lo más rápido que pudo
temiendo a cada paso tropezar y no poder pararse. Los árboles estaban cada vez
más juntos. No se detuvo hasta que cruzó el río. Se quitó su capa y la cubrió
con el barro de la ribera hasta volverse gris. Se ensució el pelo y recogió y metió
hojas secas entre la ropa tratando de disfrazar su olor. Si lograba llegar a la
casa de su abuela estaría bien, era el lugar más seguro del mundo.
Volvió a ponerse la capa y recordó
a su madre y sus instrucciones esa mañana.
- Debes ir a casa de tu abuela ahora mismo. Los lobos están aquí. Son reales.
- Mamá ¿Vendrás conmigo?
- No, irás sola. Otros niños saldrán aparte de ti, aléjate de ellos. Escúchame bien: no todos van a llegar, en especial los últimos. ¡Debes irte ya! – y le dio la capa. Su madre no la besó, no la abrazó, solo se dio la vuelta. Nunca mostraba cariño con ella, pero Kor pensó por un momento que ahora que quizás no volverían a verse lo haría, de seguro que lo haría.
Se sacudió ese pensamiento, no
podía dejarlo entrar. Se levantó y buscó en los arboles. Cruzaría el bosque por
la parte difícil, su hermano le había enseñado como encontrar los símbolos
tallados en los troncos y rocas que le mostrarían la ruta y también las
trampas, las rocas afiladas, las grutas y las barrancas. Esperaba recordar sus
significados. Era el camino más corto pero también el más peligroso. No encontraría a nadie más, los otros habrían
tomado rutas seguras.
Encontró una señal y empezó a
moverse por el bosque siguiendo las direcciones que le marcaban: subiendo en
diagonal por una ladera, buscando senderos escondidos, agarrándose de raíces para
bajar por paredes de tierra, siempre buscando las siguientes señales y moviéndose
en zigzag y sospechaba también retrocediendo largos tramos. En algunos lugares
los árboles estaban tan juntos que tenía que treparse en ellos para pasar al
otro lado. Tenía miedo de perderse o de que anocheciera antes de salir del
bosque y ya no pudiera ver la siguiente señal. ¿Los lobos podrían seguirla por ahí?
La capa le pesaba y su cuerpo estaba frío. Su abuela le había regalado esa capa, la había comprado y la había teñido ella misma con un tinte rojo rarísimo que venía del otro lado del mundo.
- Ni siquiera los nobles tienen capas semejantes, Kor.
- ¿Ni siquiera los reyes?
- ¡Mucho menos los reyes! y nunca podrán tener una ahora, use en ella la última botella en esta parte del mundo, corazón. – y se reía, su abuela siempre reía.
Tenía que encontrarla, ella
sabría qué hacer y le curaría sus manos llenas de raspones y podría descansar
calientita esa noche. Estuvo a punto de llorar pero temía no poder parar si
empezaba así que se tragó su miedo y siguió adelante.
Cuando la luz del día terminaba los árboles empezaron a ser menos grandes y a crecer más separados. Encontró el camino bien marcado que la llevaría a casa de su abuela. No lo tomó por precaución, caminó escondiéndose entre los árboles a su lado.
Pocos metros antes
de llegar la vio. Su abuela estaba
parada frente a la cortina de árboles llevando una lámpara que la iluminaba
entre la oscuridad y parecía estarla observando.
Finalmente Kor salió al camino.
Lo que más había querido hacer era abrazarla pero no pudo hacerlo.
- Abuela ¿eres tú?
- Si Kor. Ven, ya estás
segura.
Kor no podía dejar de ver a su abuela.
- ¿De verdad? Me siguen unos lobos y pueden estar muy cerca. – Trató de oír si estaban cerca pero no oyó sonido alguno. El bosque estaba en completo silencio, ni siquiera se oían insectos.
- Abuela ¿Qué le pasa a tus ojos?
– le pareció por un momento que eran amarillos. - Parecen muy grandes.
- No lo son, se ven así por esta
lámpara que cargo para ver mejor.
Kor avanzó unos pasos más y se
detuvo. No sabía que le inquietaba tanto. A veces creía estar viendo algo más
en lugar de su abuela.
- Abuela, ¿qué es lo que llevas puesto, es la piel de un animal?
- Me protejo de la noche ¿no lo harías tu también? Ven rápido, no quiero
esperar más. Quiero tenerte conmigo.
Antes de encontrarla Kor sólo
había querido abrazarla. No podía hacerlo, todo su ser parecía rebelarse. - Abuela, sé que me estás hablando pero no veo
que tu boca se mueva. No entiendo, ¿qué
está pasando?
- Es que estás muy asustada. Ven conmigo, te abrazaré y responderé todas
tus preguntas.
Tenía que concentrarse en cada
paso que daba. Quería salir corriendo en dirección contraria y no detenerse
hasta llegar al mar. A veinte pasos de su abuela finalmente no quiso esperar y
preguntó lo que más temía saber y que había estado en su mente todo el día.
- Abuela, ¿Por qué mi mamá no me ama?
La abuela solo se quedó viéndola,
sus ojos más grandes y más amarillos que antes, su boca en una mueca extraña. Kor
se dio cuenta que no entendía la pregunta. Comprendió entonces: “devoran tu esencia y la vomitan para atraer
a los que amas”. Atrás de la casa empezaron a moverse las sombras. Tenían
ojos que brillaban.
El instinto hizo correr a Kor aunque
sabía que la alcanzarían. Antes de voltearse lo último que vio fue a su abuela
lanzándose en cuatro patas, corriendo como un animal tras ella con su boca
deformada por la furia. La alcanzarían, seguramente la alcanzarían pero no
podía detenerse.
Sintió la mordida, dolor y
después calor intenso, gritó aunque no escuchó ningún sonido. Sintió un jaloneo
y como su brazo se rompía y desgarraba. No supo nada más.
.

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